“Viejo sano”

Hay una curiosa expresión. Cuando alguien quiere describir algo que le pasa o siente intensamente dice: “Estoy enfermo de…”. A causa de un exceso etílico, por ejemplo, se confiesa estar “enfermo de curado”. En un arrebato sentimental se puede proclamar estar “enfermo de enamorado”. O simplemente, “enfermo de entusiasmo”. Hay ocasiones en las cuales muchos nos sentimos “enfermos con los debates políticos”.
Son maneras de expresarse. Son más o menos efímeras. A veces perduran, otras no. A lo largo de mi vida he sabido de muchos términos que terminaron perdiendo vigencia. Hoy, además, tenemos nuevos lenguajes que rápidamente se renuevan, multiplican y pasan de moda gracias a Internet y las redes sociales.
En esta creación constate de nuevos giros idiomáticos, hay propuestas que sorprenden. La más sorprendente, sin duda, es la que quiere imponer la Organización Mundial de la Salud. Se aplaude sin reservas su papel en el combate a la pandemia del Covid-19. Pero no es infalible como se advierte en que ahora está tratando de convencernos de que la vejez es una enfermedad.
Medios de comunicación sudamericanos, según se ha visto, adelantaron la noticia. El periódico digital brasileño Olhar tituló: «La OMS puede clasificar la vejez como una enfermedad». Anotó este periódico la intención del organismo de incluir la vejez en la Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades y Problemas de Salud Relacionados (CIE). La decisión se concretaría en enero próximo en la undécima versión de la lista.
Las reacciones al anuncio no se hicieron esperar. El diario mexicano La Jornada comentó que incluir la vejez en este catálogo «reforzará la discriminación contra este sector de población y dará lugar a tratamientos terapéuticos sin bases científicas». En Chile, el doctor Juan Pablo Beca señaló que sería lo mismo que decir que la niñez es una enfermedad. En una carta publicada en El Mercurio avaló su juicio con una frase contundente: “Lo afirmo como médico pediatra, viejo y sano”.
En lo personal, yo diría que es cierto que, con los años, uno va perdiendo habilidades y capacidades. La pandemia ha aumentado en todos -no solo viejos- la sensación de que la muerte es posible. Pero ello no significa que debamos vivir aterrados porque perdimos esa irracional certeza de algunos jóvenes de que son inmortales.
Tengo años de vida acumulados. Son años de experiencia. También de penas y dolores, pero, sobre todo, de permanente e irrenunciable esperanza.
No estoy “enfermo de viejo”.
Abraham Santibáñez

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